Ecológia

¿Será que vivimos en un país donde una torpe indiferencia está enseñoreándose de la sociedad? ¿Será que vivimos en una sociedad donde cada vez hay menos coraje para pensar, para ser solidarios y para mirar frente a frente a la realidad ecocida?

¡No permitamos que destruyan nuestro medio ambiente!

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Espacio público y ecología

Por Claudio Colombani

Hoy en día es lugar común afirmar que la cuestión ecológica es un problema político. Menos evidente, sin embargo, es el hecho de que la cuestión política sea, en buena medida, un problema ecológico.

            Desde la Antigüedad Clásica existe la identificación, establecida por Aristóteles, entre política y espacio público. Era en ese espacio de la ciudad que los objetivos de la vida común, los intereses políticos, podían ser debatidos. Aristóteles también deja claro que la realización superior del potencial humano sólo puede ser caracterizado en este espacio público.

            En el siglo XVII, el filósofo inglés Thomas Hobbes (autor del Leviatán) planteaba que la constitución del poder público es la condición no sólo de la existencia de la vida superior y civilizada, sino también de la existencia de la vida humana en sí. Sin la creación de un poder público, instancia que promueve el interés colectivo en pro de la sobrevivencia de la sociedad, los hombres se destruiría mutuamente en una guerra de todos contra todos.

            Por detrás de esta previsión se encuentra un factor implícito: la realidad de la escasez de los recursos. Si éstos fueran ilimitados, cada hombre podría satisfacer sus necesidades y deseos independientemente de los demás. Como son escasos, lo que un individuo toma para sí lo hace en detrimento de los demás. Esto provoca un conflicto que, al límite, desemboca en la guerra. Por lo tanto, la sobrevivencia de la comunidad implica la creación de un poder público absoluto, el Leviatán, que reglamente las condiciones y límites de la apropiación privada de recursos limitados.

            En la historia posterior al siglo XVII, período de constitución de la civilización urbano-industrial, dominaron dos características. Por una lado, la seguridad de superar los límites de la escasez y, por el otro, el establecimiento de la llamada democracia moderna.

            A llegar a la época contemporánea se redescubrió la escasez, sólo que ahora ecológica. Se recordó que si cada individuo actuaba racionalmente, según su propio interés, se llegaría a la destrucción del espacio público, a menos que existiera una instancia política constituida para defender el interés y la razón pública.

            Se resumió la existencia de las áreas comunes en una frase: lo que es de todos no es de nadie, o sea, el ecocidio afecta a la colectividad y al espacio público. Si embargo, no existe mucha claridad sobre quien estará siendo afectado en particular. La crisis ecológica replantea, así, la necesidad de un Leviatán para impedir a los individuos destruir el espacio público, destruyéndose mutuamente.

            La discordancia de propuestas autoritarias, por cuestiones de principios, sugiere una conceptualización adecuada de lo que hoy se denomina política ambiental, o sea el redescubrimiento del sentido de la razón pública y del espacio público.

            Algunos tienden hacia el autoritarismo y hasta se ha acuñado el término ecofacismo. Cree que la sobrevivencia de la humanidad depende de medidas de fuerza de un poder absoluto y esclarecido que, por ejemplo, puede cohibir el crecimiento demográfico. Sin embargo, es imposible que exista un tal poder teóricamente iluminando que no se corrompa en el contexto autoritario y que tenga éxito, considerando los claros ejemplos contraproducentes observados en el autoritarismo y en la centralización.

            La recuperación de la fuerza que la política ambiental tenía en la tradición clásica, aunque en un contexto histórico diferente, permite enfrentar la trayectoria ecológicamente trágica de nuestra civilización. Es necesario recrear la idea del poder público volcado hacia la garantía de la sobrevivencia y la promoción de una sociedad viable.

            Pero no se debe identificar simplemente poder público con gobierno o con Estado. Existe, en la compleja sociedad moderna, una serie de instancias para expresar aspiraciones públicas: organizaciones no gubernamentales, medios de comunicación, foros de debate, etcétera.

            Así, para enfrentar la crisis ecológica se requiere la constitución de una voluntad política general, materializada en mecanismos de poder público, para iniciar una gran acción colectiva vuelta hacia el fortalecimiento de la calidad ambiental a corto plazo y la garantía de la sobrevivencia ecológica a largo plazo.

(Publicado en El Economista.)

 

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